La frontera entre lo documental y lo artístico a veces no es evidente; fotógrafos cuya intención fue constatar la apariencia del momento de un determinado espacio (pienso en Eugène Atget con su París, o Berenice Abbott con Nueva York, entre otros) crearon brillantes obras de arte fotográfico. De alguna manera, sus fotografías han tenido un doble valor. En el caso que nos ocupa, el patrimonio industrial, me alejo del carácter documentalista que se le podría aplicar a los espacios industriales fotografiados, y los considero anónimos.
El mundo industrial lo he vivido muy próximo desde niño, por residir en Bilbao; he conocido el auge y el declive paulatino de la industria en toda su área metropolitana. Mi acercamiento al escenario industrial con una visión estética es a través de artistas locales que interpretan magníficamente ese mundo (pienso en algún cuadro espléndido de Ibarrola). Y estoy mucho más receptivo a la ruina elegante industrial que al actual contexto fabril moderno. Por el contrario, los espacios industriales maltratados no me inspiran ningún interés: la pintada, el escombro, el vandalismo, etc. no los considero como fuente artística.
El elenco de elementos en los que fijar la atención dentro del paisaje industrial es enorme. Desde las estaciones de ferrocarril y sus elementos (vías, tendido, vagonetas, containers, ...), pasando por los diversos edificios (oficinas, almacenes, fábricas, ...); luego las grúas, silos, depósitos y chimeneas que se yerguen como gigantes, y todo tipo de herramientas y productos en sus muy distintos tamaños y estados. Conviven formas simples con intrincados escenarios en sus más diversas escalas, y materiales de toda índole. A pesar de toda esta variedad, todo el conjunto mantiene una gran coherencia estética, los elementos se apoyan unos en otros bajo una misma atmósfera. Y añado: da igual el tipo de industria o ubicación de la misma.
Esta especie de simbiosis que llevo a cabo entre diversos espacios industriales con distintos tipos de industria, proviene del interés que me ha suscitado otros trabajos que se han desarrollado en torno al proceso industrial. No deseo extenderme en esta consideración con muchos ejemplos, pero al menos citaré la exposición "From Icon to Irony" que comisarió Kim Sichel en 1995, donde se muestran ocho proyectos de ocho fotógrafos (alemanes y estadounidenses) con los que "intentamos explorar algunas de las resonancias de la máquina como un icono fotográfico, comparando las culturas e imágenes alemanas y americanas, y estudiando los cambios de los años heroicos de finales de la década de 1920 al escepticismo de las últimas dos décadas [años 70/80]". Los trabajos de estos fotógrafos, especialmente los de los años 1920, me invitan a adentrarme en su estética industrial y traerla al presente.
Contemplo estos complejos industriales como auténticos monumentos plenos de solemnidad y poderío, fruto muchas veces de sus imponentes proporciones.